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Acequias
Lucía Benlloch

La neblina poseía a todas aquellas montañas. Grandes elevaciones se recortaban ante la mirada imponente del sol. Un sol crepuscular de una tarde lejana, de un julio perdido entre el tiempo. Los pueblos se mezclaban entre ríos de hierba y cascadas de piedra. Desde su lejanía, sólo se advertía la pizarra de sus diminutos tejados negros. No, no se apreciaban las vidas de las mujercitas u hombretones que empezaban a mover cazuelas, platos y sillas para la monótona ceremonia ritual de la cena.

A su alrededor, los campos eran suelo fértil y perenne de marchita soledad. La iglesia era una gran mancha entre cipreses y tomateras. Incomprendida en un mundo aislado permanecía latente a coronar la noche con el tañido de su campana.


Antonio recogió la pesada bolsa que contenía el cuerpo inerte de su hijo. Después de un corto trayecto, que pasaba frente a la fachada principal de la iglesia, la tiró a la acequia más cercana a la montaña. Sin mirar atrás, volvió con la parienta.

A los tres días vino la guardia civil.