José Manuel Moreno del Pozo

Abrió la puerta como quien espera después
del amago de batida una acentuada culpa,
vestida de seda nocturna y con ribetes de duda.
Y así, sin alcanzar respuesta ni mediar palabra,
no sé si la mezquindad o la franqueza
le tomó  de pronto; ya todo dispuesto
el azar le brindó el único y soportable destino:
le descubrieron desnudo de prejuicios
bajo los labios del andrógino amanecer,
coronado por un inseguro velo de sangre.

 

Nadie se ocupó de él. Excepto el vanidoso
calor que consumiéndose como el incienso
impregnaba el sexo nevado de la ciudad.
Otra vez: como sangre sucia eyacular.

El orgasmo, la superstición del pasado.

Su difunto y su retrato.
 

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